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Publicado hace 4 meses
¿Cómo es posible que una persona que está en una cárcel de máxima seguridad de Estados Unidos se escape, salga del país, llegue a Libia y encuentre la financiación para montar la guerra?

Un artículo interesante sobre la política subterránea que practicaron (¿practican?) las superpotencias en África.

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Publicado hace 1 año

Hace ahora 50 años, 17 países del África subsahariana, en su mayoría colonias francesas, obtuvieron su independencia. 1960 es considerado el año de África. Ese año culminaron las ilusiones de libertad de los pueblos africanos, sometidos a la dominación extranjera desde hacía 75 años, tras la Conferencia de Berlín de 1885, en la que las principales potencias europeas se repartieron caprichosamente el continente.

Los idealistas del mundo entero creyeron de buena fe que las independencias africanas serían el motor del cambio hacia un orden internacional nuevo, y que la liberación del yugo colonial traería consigo el desarrollo económico y social de los países del continente.

Medio siglo después, aquella esperanza de libertad, dignificación, desarrollo y unidad continental se muestran como puras ilusiones. África sigue siendo un continente postrado, económica y políticamente dependiente, con los más bajos índices de desarrollo del planeta, con la mayor parte de sus 54 Estados gobernados por dictaduras cleptómanas, que han reducido a la gran mayoría de sus 1.000 millones de habitantes a la indigencia internacional, a una pobreza extrema y a una esperanza media de vida de apenas 56 años.

Concurren causas internas y externas. Entre las primeras, la excesiva ambición y el egoísmo exacerbado de unas élites locales a las que no les preocupa el bienestar de sus compatriotas, entregadas solo a la satisfacción de los propios instintos primarios. Desaparecieron de los hábitos de la mayoría de los africanos valores como la solidaridad o la compasión; la fraternidad tribal se convirtió en tribalismo, en exclusión del otro; la probidad como fundamento de la autoridad es mero autoritarismo; el poder se ha convertido, a un tiempo, en dominación y en medio para obtener prebendas al quedar destruidos aquellos mecanismos que en las estructuras antiguas contribuían a su moderación, al equilibrio entre el gobernante y los gobernados.

Las ingentes riquezas africanas -mineras, forestales, agrícolas, piscícolas…- eran imprescindibles para las industrias occidentales. El uranio de la República Democrática del Congo, Gabón y Níger fue y es indispensable para las potencias nucleares. De manera que, en plena guerra fría no podían permitir que África se independizara de verdad -con el riesgo de que cayera en la zona de influencia comunista-, y recurrieron al control estricto de las naciones emergentes.

Transformado el colonialismo en “neocolonialismo”, las independencias se vaciaron de contenido; África obtuvo unas independencias sin soberanía. Al igual que el colonialismo, el neocolonialismo se basa en el determinismo racial, según el cual los africanos son eternos menores de edad, incapaces de gobernarse por sí mismos, de convivir en armonía, de organizarse en sociedad. El neocolonialismo necesita de regímenes autocráticos y colocó en el poder a déspotas. Una época en la que fueron más importantes las riquezas extraídas que los habitantes asesinados, los que morían a causa de la miseria o los que languidecían por la ausencia de toda libertad.

Aun así, África evoluciona. Hoy aumentan los países democráticos en los que la alternancia es real, y han cesado buena parte de los conflictos. Queda mucho por hacer, y no será fácil hacerlo, pero existe una conciencia generalizada de que la dictadura no es el estado normal, que la democracia y el desarrollo son posibles.